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Cisnes en la sombra - Capítulo I



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Capítulo I


Arena

 

«El origen de la humanidad es un misterio perdido en el tiempo», declaró el profesor suplente de Arqueología Protohistórica tres minutos antes de acabar la clase.

Vi la hora y suspiré, temiendo que volviera a alargarse, como siempre.

—La alumna que resopla al fondo: ¿tiene prisa?

Me sobresalté, aludida. El señor Prats me observaba con la cabeza ladeada.

—No —murmuré.

—Dígame su nombre.

Vacilé antes de responder.

—Arena Falcó.

Una chispa de reconocimiento suavizó su expresión.

—No le haré esperar mucho.

Desvió la vista y continuó.

—En los textos sagrados de la inmensa mayoría de culturas que nos precedieron hablan de seres divinos que bajaron del cielo para crear al hombre o instruirlo desde la más remota antigüedad. Se les conoce como dioses o ángeles y también como observadores, vigilantes o instructores. Sin embargo, en dichos textos, también encontramos que tienen forma humana, ¿no es así? Se dice que comen, reposan y luchan.

Un débil murmullo recorrió la clase antes de que el profesor prosiguiera.

—Los famosos teóricos de los antiguos astronautas opinan que, dichos seres, provenían de otros lugares del universo, es decir, que eran extraterrestres cuya tecnología avanzada parecía sobrenatural y divina. También sostienen que fueron ellos los responsables del origen y desarrollo de las distintas culturas humanas, aportando conocimientos avanzados a nuestros antepasados de la prehistoria. Resumiendo, aseguran que fueron ellos los artífices, directa o indirectamente, de los monumentos cuya construcción todavía no podemos explicar. No obstante, aun cuando sus teorías ufológicas resultan convincentes, la hipótesis del paleocontacto no tiene ninguna base científica. Les adelanto de antemano que suspenderé a aquellos alumnos que expongan estas teorías y afirmaciones pseudocientíficas en el examen.

Esta vez, el murmullo se transformó en un coro de risas y el profesor levantó las manos para acallar las voces que retumbaban en el primer piso de la facultad de Geografía e Historia de Barcelona.

—Les recuerdo que no hay una única visión del pasado, su análisis e interpretación es plural y depende de la ideología y de los elementos que pueden influenciar al investigador. Por esta razón, nuestra tarea primordial consiste en efectuar análisis objetivos, fundamentados en evidencias físicas, y en interpretar los vestigios como elementos de la historia, respaldándonos en las teorías actualmente reconocidas. Bien, si no hay dudas, la clase ha terminado.

Nos levantamos. Algunos compañeros formaron grupos para debatir el tema; yo me encaminé a la salida porque el asunto de los dioses instructores me parecía improbable y, lo más importante, tenía hambre.

Sujeté el bolso contra mi cuerpo y bajé el desgastado escalón de acceso a la calle. Saqué el teléfono y busqué los auriculares mientras me despedía con un gesto de unos compañeros de clase. A medida que me alejaba de la facultad, la cálida brisa primaveral me recordó que quedaban solo tres meses para finalizar el curso.

Mi casa estaba ubicada en el Ensanche derecho de Barcelona, a tan solo quince minutos a pie de la universidad. Ese breve paseo, me daba la oportunidad de despejarme de las densas clases que se concentraban al final de la mañana.

Almorcé sola, como de costumbre, repasando mentalmente el ejercicio puntuable de la penúltima clase. Fui la última en entregarlo y Marco se rio de mí diciendo que estaba perdiendo facultades. Pero la verdad era que lo había clavado y ese era el motivo de mi retraso. Iba a sacar mejor nota que él, e imaginar su cara de envidia me arrancó una sonrisa malévola mientras recogía los platos.

Lo sé, soy una empollona de pies a cabeza, no me importa admitirlo. Estudiar y tocar el piano son mis pasatiempos favoritos. Pasatiempos antipopulares, todo hay que decirlo, pero eso nunca me ha frenado, quiero convertirme en arqueóloga e irme a trabajar a Italia lo antes posible; quienes me conocen, lo saben.

Me encerré en el dormitorio con la idea de evitar distracciones y avanzar en el programa que me había propuesto para la semana. Me quedaban por delante de tres a cuatro horas de estudio. No me sentía deprimida en absoluto, lo cierto era que me gustaba aprender, y teniendo los finales a la vuelta de la esquina, me interesaba, al menos, dar tres repasos a cada una de las asignaturas.

Mi habitación no era lo que se dice un espacio grande, pero allí entraba todo mi mundo. Estaba decorada en tonos neutros —blancos, cremas y tostados— porque a mi madre, que era interiorista, le gustaban esos colores y los había aplicado de manera obstinada por toda la casa. Aun así, gracias a los pequeños detalles decorativos, los objetos delicados y los muebles auxiliares, podía decirse que nuestro hogar tenía un aire acogedor y con encanto. Sí, «encanto» era la palabra que más se repetía cuando alguien nos visitaba por primera vez.

Mi escritorio estaba colocado bajo una amplia ventana que daba a un patio interior de manzana, bastante silencioso y cuidado. Me sentía cómoda estudiando en aquella mesa espaciosa de lacado suave.

Si descorría las cortinas, la vista era distraída. Cuando hacía pausas, me dedicaba a observar las terrazas de los bajos, a personas regando plantas en sus balcones, tomando el sol, fumando o leyendo. Al anochecer, el panorama se volvía mucho más interesante; desde la oscuridad, cada ventana iluminada captaba mi atención como un imán. Eran fragmentos de vidas anónimas mostrando escenas de toda clase —estimulantes o anodinas, tiernas o intrigantes, sugerentes o depresivas—, un auténtico abanico de situaciones, el paraíso de un voyeur. Podía quedarme largo rato ensimismada, observando aquellos cuadros animados, imaginando sus vidas, adivinando.

Detrás de mi mesa, a la izquierda, estaba mi cama y, a la derecha, después de un amplio espejo de pared, había una cómoda y una librería. Al fondo, frente a la ventana, se encontraba el armario empotrado, lacado en el mismo color crema que el resto de muebles. Llevaba seis años en aquella habitación, aunque, hasta los catorce, compartí otro dormitorio más grande con mis dos hermanas mayores: Mar y Sol.

Sol nos había dejado hacía ya tiempo. Ocurrió en un fin de semana de campamentos organizado por el colegio. Les sorprendió una fuerte tormenta y tuvieron que apresurarse cuando estaban haciendo una actividad deportiva. Hubo un accidente, Sol se quedó atrapada bajo el agua con un arnés defectuoso y no pudieron rescatarla a tiempo. Tenía quince años.

Fue un percance inesperado, una desgracia impensable, algo espantoso y devastador para la familia. Como hermana menor, sentí su pérdida de una manera traumática y severa. Estábamos muy unidas, nos llevábamos únicamente un año y, en aquel entonces, ella lo era todo para mí: mi hermana, mi amiga, mi referencia, mi brújula.

Hubo un tiempo en el que soñaba ser como Sol: una niña vital, energética, atrevida… Intentaba seguir el ritmo de sus juegos, pero en mi caso, todo esfuerzo físico implicaba dificultad. Por desgracia, yo era una persona enfermiza, de constitución débil y con una esperanza de vida precaria, a causa del corazón con el que nací. Por eso, Sol había sido siempre mi protectora, mi apoyo, el motor de mi vida. Ella era la fuerte de las dos. Algunas noches, me metía en su cama e imaginábamos juntas lo que haríamos cuando recibiese un corazón sano. ¡Teníamos tantos sueños por realizar! Ella siempre me consolaba y me daba esperanzas de que pronto llegaría un corazón compatible para mí.

Y un día, sin más, mi hermana desapareció. Cuando falleció…, yo también morí, pero solo unos minutos; los que tardaron en reemplazar mi corazón por el suyo. Me vi flotando por encima de la mesa de operaciones y a los médicos inclinados sobre la que parecía ser yo. No sentí miedo, al contrario, estaba asombrada, incluso fascinada. Cuando por fin salí de mi asombro, me di cuenta de que mi hermana Sol estaba sobre otra camilla. El impacto de esa imagen me arrastró con fuerza de vuelta y de nuevo me sentí atrapada y dolorida en mi cuerpo. Horas después, al recordarlo, pensé si no habría sido todo un sueño.

Mi hermana se despidió del mundo como una heroína. Para los ajenos a la familia, el hecho de haberme salvado de un fin prematuro e inevitable, parecía tranquilizarles y justificar su muerte. Evidentemente, yo no lo veía así.

Tras su pérdida, la familia naufragó en aguas oscuras, cada cual a la deriva en su océano particular. Yo me llevé el lote completo: un postoperatorio complicado, ansiedad, abatimiento, falta de apetito, debilidad, insomnio, pesadillas, sonambulismo, mutismo, brontofobia y un profundo sentimiento de culpabilidad, porque, en realidad, debía ser yo la que muriera y no ella.

Cuando tomé conciencia de la brevedad de la vida, la veracidad de la muerte y la ausencia real de su persona, me sumí en un abismo tan desolado y sombrío, que perdí la capacidad de hablar. Estuve noventa y siete días sin poder pronunciar una sola palabra. Psicólogos, psiquiatras, logopedas…, ninguno de ellos pudo devolverme el habla. Aquel periplo por las consultas médicas no sirvió más que para gastarse un dineral.

Y entonces, una noche, soñé algo que me reconfortó como nada lo había hecho antes. En ese sueño —me río solo de pensarlo—, un ángel me cogía la mano y me susurraba al oído que yo no tenía la culpa, que todo estaba pactado desde el principio; que Sol había vuelto a su verdadero hogar y estaba bien, que el alma sobrevivía a la muerte, que esta solo era un tránsito, que la vida era un aprendizaje y que únicamente éramos seres eternos teniendo una experiencia humana.

Recuerdo que a mi alrededor olía a flores y yo sentía por fin alivio en el alma y, sobre todo, paz. Aquel sueño me devolvió el coraje y también la voz. Me ayudó a superar el terror a desaparecer, a disolverme en la nada como mi hermana.

A partir de ese momento, decidí aprovechar el regalo que Sol me había hecho. Cuando por la mañana, pronuncié la primera palabra al levantarme, mi padre lloró. Y, aunque ahora puedo poner voz a mis pensamientos, sé que nunca más volveré a ser la misma, ninguno de nosotros lo seremos. Nuestra tragedia nos convirtió en otras personas para siempre, lo aceptemos o no.

«Sol…».

Aparté los apuntes y me levanté de la silla. Dejé que mis piernas me llevaran a la que había sido nuestra habitación al otro lado del pasillo. Abrí la puerta un palmo y, sin entrar, miré dentro: la alfombra granate, el buró de madera oscura, el sillón orejero donde mi madre se hundía en sus momentos más dolorosos. Nada más. Poco quedaba de aquel cuarto color rosa, con colchas blancas y cojines de corazones, en el que habíamos crecido y jugado las tres hermanas juntas. Los ecos de nuestras risas podían oírse en algún lugar de mi memoria.

Miré la pequeña fotografía sobre el buró, alumbrada por la luz tibia que se colaba a través de las contraventanas entornadas. Junto a las estrellas fluorescentes, que a veces podían verse iluminadas en el techo, esa foto había sido la única superviviente del tsunami familiar. Mar, Sol y yo, vestidas en traje de esgrima, floretes en mano, sonriendo acaloradas desde el marco. Yo tenía entonces diez años. Mi padre había tomado esa foto antes de mi primer infarto. ¡Se veía a Sol tan llena de vida con su medalla después del torneo! Pero no era así como yo la recordaba… Imágenes del hospital y de mi hermana conectada a una máquina de respiración artificial se presentaron en mi cabeza. ¡Dios! ¡Cómo odiaba recordar esos días! Eso descontrolaba las cosas.

Se me formó un nudo en la garganta y empezaron a temblarme las rodillas. Otra vez no… Cerré la puerta y apoyé la cabeza en ella tratando de respirar. «Uno, dos, tres…»; su corazón latía demasiado rápido. Me di la vuelta y recorrí el pasillo sin dejar de controlar la respiración hasta refugiarme nuevamente en mi dormitorio.

Me tiré sobre la cama y hundí la cara en la almohada, en un vano intento de recuperar la dirección. Ya no podía estudiar; necesitaba pensar en otra cosa… lugares tranquilos, bonitos, situaciones agradables: un bosque, un río, el mar, una puesta de sol…

Seguí con el ejercicio hasta que dominé el ataque. Estaba acostumbrada, ya lo había hecho más de mil veces.

 


 

Debido al estrés postraumático y a la posibilidad de rechazo del nuevo corazón, los médicos recomendaron a mis padres un cambio de aires. Nos trasladamos a nuestra masía de Viladrau, en Girona, pues la montaña del Montseny ofrecía la tranquilidad y el aire puro que necesitaba para recuperarme.

Allí aprendí a acostumbrarme a la soledad, a realizar actividades por mi cuenta, a entretenerme sin compañía. Esos dos años de aislamiento para protegerme de las infecciones, sumados a las exigentes lecciones de solfeo y piano, así como los dos cursos que estudié desde mi habitación, apoyándome únicamente en mi propio esfuerzo, me fortalecieron. Casi diría que me endurecieron.

Antes de volver a Barcelona, mi madre hizo acopio de valor para desmantelar nuestro antiguo dormitorio y convertir el que había sido el despacho de mi padre en dos prácticas estancias para mi hermana Mar y para mí.

Al regresar, me enfrenté a nuevos desafíos: un colegio distinto, más grande e impersonal, la incapacidad de participar en actividades físicas como el resto de mis compañeros, la dificultad de formar amistades... Todos esos factores, me mantuvieron muy al margen de la vida social en mi etapa colegial. Sin embargo, nunca agonicé por no tener amigos, ni me importó ser invisible en mi entorno escolar. Era verdad que por mi aspecto enclenque aparentaba ser una persona frágil, pero interiormente tenía un espíritu resistente. Me había vuelto fuerte, como Sol.

Por eso no tuve amigos, propiamente dichos, hasta llegar a la universidad. Me decanté por la arqueología, la peor de las carreras si pretendes ser alguien importante en la vida, pero la mejor si lo que te gusta es trabajar al aire libre, viajar y sumergirte en la magia del pasado.

El amor por dicha disciplina se había gestado, supongo yo, en las numerosas noches que, sentada junto a mi padre, me tragaba los documentales del canal Historia por el simple placer de estar a su lado. Algo de aquellos reportajes debió de germinar en mi subconsciente, porque cuando acabé el colegio tenía muy claro lo que quería ser y a qué me iba a dedicar.

Como cosa extraordinaria, hice una amiga el primer día de universidad. Esa mañana de septiembre me dirigí a la facultad hecha un manojo de nervios. Me senté al fondo, en la penúltima fila, junto a otra chica que parecía tan tensa como yo.

Diana llegó cuando la clase ya había comenzado.

Entró por la puerta de forma resuelta, sin pedir permiso ni disculpas; localizó un sitio con la mirada y recorrió el pasillo sin vacilar.

Llevaba un atractivo vestido de florecitas, unos pendientes de plumas y unas fantásticas botas de flecos, que le daban un aire de modelo de revista. Más de un chico quedó deslumbrado con esa llamativa belleza rubia. Yo también.

Se sentó a mi derecha y, con un gesto despreocupado, dejó caer su pesado bolso de ante marrón justo sobre mi zapato. El impacto esfumó de inmediato la admiración del primer momento. Retiré el pie con brusquedad, y solo entonces reparó en mí.

—Vaya —sonrió con ojos expresivos—. ¿Te he dado con el bolso?

Aprovechó para repasarme de arriba abajo. Yo le hice un gesto con los hombros y ella lo apartó con el pie enviándolo un metro lejos de mí.

—¿Qué tal ahora? —preguntó, levantando las cejas.

Me quedé unos segundos mirando el bolso en mitad del pasillo sin poder reaccionar. Luego desvié la mirada hacia mi compañera de la izquierda, deseando encontrar en ella algún gesto de complicidad. Esta, sin embargo, parecía absorta en el curso de la clase, incluso levantó el brazo para intervenir, aunque el profesor no la tuvo en cuenta.

Sin nadie con quien compartir mi perplejidad, incrusté los ojos en la libreta y la golpeé nerviosa varias veces con la punta de mi bolígrafo. Había perdido el hilo. Memoricé las últimas palabras del profesor y las anoté para disimular, consciente de que la rubia no me quitaba la mirada de encima. Por un instante, eché de menos mi invisibilidad habitual.

«Estará criticando mi pelo corto o mi aspecto desaliñado», pensé incómoda.

Minutos después apareció otro estudiante. Venía agitado, arrastrando una mochila demasiado abultada. Miró al profesor de reojo, murmuró una disculpa y atravesó la clase rápido, ansioso por aterrizar en algún lugar y mimetizarse con el entorno. Divisó un asiento libre delante de nosotras y se dirigió hacia él como un torpedo.

Por desgracia, no vio el bolso en el suelo y estuvo a punto de caerse. En el proceso, su mochila golpeó nuestra fila de pupitres sacudiendo los bolígrafos, que fueron a parar al suelo. Soltó un taco en voz alta y el profesor lo miró irritado.

Por fin consiguió llegar a su objetivo y se desplomó en la silla. Lo vi hundirse sobre sí mismo y sentí lástima por él; ¿quién querría llamar la atención de una forma tan ridícula el primer día de curso? Pero mi compasión duró lo justo, el tiempo que tardó en llegar a mi nariz un agrio y desagradable olor que me cortó la respiración. Lo examiné con la vista; un rodal a la altura de la axila cercaba otras dos marcas más antiguas en su camiseta gris oscuro.

Bajé la cabeza y oculté la nariz con disimulo, sopesando si podría o no aguantar hasta el final de la clase.

—No sé tú, pero yo voy a perder el conocimiento antes del segundo tema —bromeó la rubia, tocándose sutilmente la nariz—. Si me caigo redonda, ya sabes por qué.

Sonreí, apretando los labios, sorprendida por aquel inesperado toque de humor de la chica.

La introducción en la materia me pareció interesante y amena. Reconocí algunos de los libros recomendados y me alegré de haber aprovechado el verano para adelantar en cuestión de bibliografía. Es lo bueno de no tener planes.

En la pausa de la mañana me levanté a comprar un tentempié y descubrí, asombrada, que mi compañera se unía a mí para ir a la cafetería. La vi interesada en simpatizar conmigo, cosa que me intrigó.

Transcurrió la mañana entre discursos inaugurales, presentaciones de programas y alguna clase. La jornada fue bastante relajada en general, dándonos tiempo a comentar con los compañeros nuestras primeras impresiones. Estaba claro que a la rubia le gustaba hablar; tenía chispa y no era ninguna tonta.

Al día siguiente, ambas llegamos casi a la vez. Me senté en el mismo sitio con la expectativa de que me siguiera, pero ella se detuvo a hablar con un grupito de chicas y me desilusioné; sin embargo, en cuanto el profesor entró en el aula, sus ojos me buscaron y vino a sentarse a mi lado. Debo admitir que me emocioné un poco, aunque, naturalmente, no lo exterioricé.

Al final de la semana, ya la consideraba una amiga.

Diana era espontánea, extrovertida, divertida… En un juicio rápido, podía parecer una persona algo superficial y despreocupada, pero solo era una fachada. Cuando la conocías mejor, vislumbrabas que, tras sus conversaciones intrascendentes, se escondían problemas familiares serios y bastante falta de afecto. Aun así, superaba sus circunstancias implicándose en asuntos de carácter social o en situaciones de injusticia. Por lo general, andaba siempre metida en alguna que otra causa medioambiental, humanitaria o de defensa animal, lo que desataba mi más pura devoción. Siempre me pregunté qué hacía metida en esta carrera y llegué a la conclusión de que solo estudiaba arqueología para fastidiar a sus padres.

Su afán de cariño o tal vez mi aspecto desvalido, la impulsó a conectar conmigo de una forma más profunda y yo, que estaba más sola que la una, la acogí con los brazos abiertos.

Pese a ser muy distintas, encajamos bien. A mí me hacía gracia su lenguaje desinhibido, su naturalidad y su postura activista, y a ella le atraía mi carácter leal, mi tendencia antisocial y mi dedicación a los estudios.

Una de las cosas que facilitó nuestra amistad fue el hecho de habitar cerca: a solo tres manzanas, para ser exactos. Ella era hija única y sus padres, ambos arquitectos, estaban divorciados. Vivía con su madre, en un precioso ático casi tocando al Paseo de Gracia, aunque más tarde averigüé que no se tragaban.

Ya fuera porque su casa estaba permanentemente invadida por los amigos ricos y viciosos de su madre, o por la corrosiva adicción de esta a la cocaína, el caso es que, desde los primeros días de clase, Diana se aficionó a venir a nuestra casa y, en poco tiempo, mi nueva amiga se convirtió en una más de la familia.

Con el paso de los meses, nos hicimos inseparables. Al principio, nuestras tardes se centraron en los estudios, pero después fuimos ampliando: escuchando música, viendo series, paseando y, más que nada, hablando. Le había contado lo de mis infartos, lo de mi hermana Sol, la operación y toda nuestra desdicha familiar. Eso nos unió todavía más.

Ella fue quien, de manera gradual, deshizo la capa de escarcha en la que estaba envuelta, me ayudó a derribar los muros que sin darme cuenta había levantado para evitar las relaciones estrechas, y me dio la confianza necesaria para volver a abrirme al mundo.

Le debo mucho a Diana Sagardi, mi querida y gran amiga. Gracias a ella reaprendí a relacionarme con los demás y comencé a expresar mis emociones en lugar de reservármelas. En consecuencia, otras facetas de mi vida empezaron a fluir con facilidad y, después de muchos años, me sentí parte de un pequeño ecosistema.

Además, siguiendo su ejemplo, me involucré en el voluntariado; creía que debía hacer algo en memoria de mi hermana y me comprometí a ir, una vez por semana, a la unidad de oncología infantil del hospital donde ella había fallecido.

Era una experiencia dura, pero me ayudaba a aceptar la muerte como parte de la vida. Resultaba conmovedor ver aquellos ojos infantiles iluminarse apenas me asomaba por la puerta. La hora y media que pasaba con los niños se iba volando y era tan gratificante y valiosa que, cuando llegaba el momento de marcharme, resultaba difícil desenredarme de ellos. Nunca podré agradecer suficiente las lecciones de fortaleza, resistencia y esperanza que me daban todos aquellos pequeños valientes. Ellos, junto con Diana, fueron mis grandes apoyos en aquel difícil periodo de superación.

En el segundo curso de universidad, las cosas fueron sobre ruedas. Por fin, Diana dejó de llamarme «elfo», ya que había empezado a cuidar más mi aspecto: me dejé crecer el pelo y vestía mejor. Tenía proyectos y planes. Estaba integrada con la gente de la clase, con los profesores y, como era más comunicativa en general, la convivencia en casa era también más distendida.

Cada día ampliaba más y más mi círculo de amistades y me sentía satisfecha de mis cambios y avances.

En tercero, por primera vez, llegué al convencimiento de que era capaz de superar la muerte de mi hermana y, si bien no era exactamente dichosa, sentía que por fin era dueña de mi destino.

Lo que vino después, demostró con creces que no podía estar más equivocada.

 

 
 
 

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